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3.8.10

Una entrevista en el infierno, por Diego Rosemberg

O artigo abaixo saiu no jornal argentino Pagina 12 (26/07/2010) e foi enviado por Nelson Kuperman. 

La editorial Capital Intelectual acaba de publicar una biografía de Marshall Meyer, que comienza relatando la visita que el rabino y Héctor Timerman realizaron a Etchecolatz, en busca de Jacobo Timerman. Aquí, fragmentos de los primeros capítulos.

Cuando sonó el teléfono, el rabino salió disparado. No le importó que faltaran pocas horas para el inicio del Shabat ni para el servicio religioso que, como todos los viernes por la noche, debía oficiar en la sinagoga de su comunidad, Bet El, en el barrio de Belgrano. Marshall Meyer había escuchado del otro lado de la línea la voz angustiada de Héctor Timerman, que le decía que no sabía dónde habían trasladado a su padre, Jacobo, secuestrado por segunda vez por un grupo de tareas de la dictadura militar, en julio de 1977. Héctor había recorrido Tribunales, la Casa de Gobierno y el Primer Cuerpo del Ejército y en ningún sitio recibía información sobre el paradero de su papá, el director del diario La Opinión, que había desaparecido de su celda del Departamento Central de la Policía Federal. Desesperado, decidió ir a pedir información en persona al comisario Miguel Etchecolatz, Director de Investigaciones de la temible Policía Bonaerense y mano derecha del general Ramón Camps, número 1 en el aparato represivo de la provincia de Buenos Aires en aquellos años oscuros.
El hijo del mítico periodista –que entonces tenía 23 años– no se animaba a ir solo y por eso acudió a Meyer, que estaba conteniendo espiritualmente a su familia desde que los militares habían detenido por primera vez a su padre, el 15 de abril de 1977.
Meyer escuchó con atención el relato de Héctor y no dudó ni un instante en acompañarlo y viajar hasta el mismísimo infierno para disputarle, cara a cara, uno de sus fieles al diablo. En el camino hacia La Plata habían acordado que sólo hablaría Héctor, que preguntaría por su padre y que no entraría en discusiones sobre los motivos de la detención ni el trato humillante que había recibido desde que se lo llevaron. Cuando llegaron a la Jefatura de la Policía Bonaerense debieron soportar una larga espera hasta que Etchecolatz los hizo pasar a su oficina. Como habían convenido, el único que habló fue Héctor: dijo que su padre había sido trasladado, que desconocía su paradero y agregó que su madre tenía los nervios destrozados. Fue un monólogo que duró unos diez minutos hasta que, sin más que decir, el joven calló y la oficina quedó invadida por un silencio que aturdía. Etchecolatz, que exhibía su mejor mirada torva, aprovechó el vacío y apuntó con sus ojos a Meyer.
–Y usted, cura, ¿quién es? –prepoteó el comisario, que recién en 2006 fue condenado a cadena perpetua por los crímenes de lesa humanidad cometidos como funcionario de la dictadura militar que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983.
El rabino no se amilanó. Se levantó de su silla, a paso firme dio la vuelta al escritorio que lo separaba de Etchecolatz, se detuvo a escasos treinta centímetros y mirándolo a la cara lo increpó:
–Este cura es un pastor que busca a una oveja de su rebaño y sé que vos sos el ladrón que te la llevaste. Soy el pastor de Jacobo Timerman y vos tenés a mi oveja. No me voy hasta que no me la devuelvas –dijo Meyer, que tuteaba a todo el mundo, aun a quienes despreciaba profundamente. Así había aprendido a hablar castellano en 1959, cuando llegó desde su Nueva York natal a la Argentina, pensando en quedarse apenas dos años y sin sospechar que viviría aquí un cuarto de siglo. La mirada desorbitada de Etchecolatz, de pronto, cambió de destinatario.
Ahora apuntaba a Héctor Timerman, que ante tanta tensión también se había parado. Por primera vez, el policía buscó cierta –pero infeliz– complicidad con él:
–Por bastante menos que esto, acá hay muchos que... –el comisario interrumpió en seco la oración y comenzó a agitar una de sus manos hacia el cielo. A los dos visitantes les quedó claro el significado. No fue ésa la primera ni la última amenaza que recibió Meyer en su estadía en la Argentina. Pero como a todas, le restó –o hizo que le restaba– importancia. Héctor Timerman le pidió por favor al rabino que se sentara y le rogó al comisario para que volvieran a hablar sobre el destino de su padre. Etchecolatz finalmente se sentó y sin abandonar el tono marcial le dijo:
–Vuelva a su casa. A las 15 horas lo van a llamar con una dirección donde podrá ver que su padre está vivo.
Con puntualidad suiza, el teléfono de la familia Timerman sonó ese viernes a las tres de la tarde. Un emisario de Etchecolatz les dio una dirección en el municipio de Quilmes. Hasta allí fueron Meyer, Héctor y Risha, la esposa de Jacobo. Cuando llegaron al lugar advirtieron que se trataba de una comisaría legalmente constituida. Como al religioso no lo dejaron entrar, sólo ingresaron Risha y Héctor, que se preguntaba intranquilo si todo no sería una trampa de los represores para deshacerse del rabino.
Después de un largo rato, llegó un patrullero del que bajó Jacobo, quien se sorprendió al ver a su familia. No los dejaron hablar, sólo pudieron verse las caras durante cinco minutos. No obstante, los Timerman recuperaron cierta tranquilidad: interpretaron que el hecho de haber podido ver a Jacobo con vida en una dependencia legal haría que fuera mucho más difícil para los militares asesinarlo.
Cuando Héctor, Risha y Meyer emprendieron el regreso ya había comenzado a anochecer. Héctor no decía nada, pero aceleraba cada vez más. Quería regresar rápido a la Capital porque con la salida de la primera estrella había comenzado el Shabat; lo mortificaba pensar que por haberlo acompañado a ver a su padre, el rabino no llegara a tiempo para oficiar la ceremonia religiosa en Bet El y, encima, se viera obligado a violar los preceptos religiosos que, entre otras cosas, prohíben viajar a los judíos observantes en el día más sagrado de la semana, aquel que consagran a Dios.
–¿Por qué corrés? –preguntó Meyer, el único que se atrevió a romper el silencio en el viaje de vuelta.
–Es Shabat –quiso justificarse Héctor Timerman.
–Acaso no sabés que para salvar una vida se puede violar cualquier mandamiento. Salvamos la vida de tu papá y sería una pena que nos matemos en un choque. Así que manejá tranquilo, que de la teología me ocupo yo.
Marca de origen
La vida de Marshall Theodore Meyer parecía predestinada desde el mismo día en que nació, el 25 de marzo de 1930. Sus padres, Anita e Isaac, habían elegido llamarlo con ese nombre en homenaje a Louis Marshall, un prestigioso abogado y presidente del Consejo Judío Americano que fue abanderado de la defensa de los derechos civiles de las minorías. Mediante un acuerdo judicial, el jurista había logrado –entre otros méritos– que el entonces hombre más rico de América, el poderoso Henry Ford, se retractara de sus manifestaciones antisemitas vertidas en una serie de ensayos llamada El judío internacional: el problema más grande del mundo.
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Marshall Meyer nació en Flatbush, un barrio neoyorquino del distrito de Brooklyn. Sus abuelos maternos habían llegado en 1888, desde Odessa. Para ese entonces, sus abuelos paternos llevaban casi tres décadas en los Estados Unidos. El pequeño Marshall era el tercer hijo de un matrimonio que había alcanzado una buena posición económica durante la Primera Guerra Mundial fabricando y vendiendo uniformes de combate, sobre todo a Francia y Bélgica.
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Cuando cumplió los 13 años, Marshall realizó el bar mitzvá –la ceremonia por la cual los judíos adquieren la mayoría de edad en términos religiosos– con el rabino
Zeev Nelson del templo Beth Jacob, de Norwich, una sinagoga que había sido fundada en 1929. Aquella oportunidad en que leyó los libros sagrados del judaísmo fue la primera vez que habló en un púlpito para los feligreses. Casi al mismo tiempo, el pequeño Meyer ingresó en la Norwich Free Academy para cursar la escuela media. No sólo se destacaba en los estudios regulares, también en las clases de teatro, de educación física y de música. Desde muy chico, Marshall se había convertido en un entusiasta melómano, contagiado por su cuñado Karl Meyers, quien había dirigido en Alemania el Teatro de Opera Königsberg.
(...)
Las innovadoras ceremonias religiosas que oficiaba Meyer en la sinagoga Bet El, de Belgrano, también estaban impregnadas de ópera. El rabino –según describió alguna vez Jacobo Timerman– tenía una voz de barítono que sobresalía entre todas las demás. "En las actuales ceremonias de Bet El –confiesa el rabino Daniel Goldman– todavía cantamos algunas arias que Marshall había adaptado al hebreo." En el departamento que los Meyer ocupaban en la calle Zapiola, de Belgrano, la música funcionaba como un bálsamo en los oscuros años de la dictadura. Un imponente piano de cola presidía un living de importantes dimensiones y el rabino era capaz de ponerse a cantar para levantarle el ánimo a más de un perseguido por la dictadura militar que se refugiaba en su casa. "Cuando tuvimos que partir, fue muy repentino. Teníamos pocas horas. Marshall trató de darnos ánimo y nos dijo: 'Vengan a comer algo a casa'. Debemos haber llegado con unas dos horas de retraso y él tenía un bastón y un sombrero de paja y nos cantó maravillosas canciones de vaudeville", recordó Robert Cox, entonces director de The Buenos Aires Herald, uno de los poquísimos medios de comunicación que denunció las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura militar. Cox –que debió exiliarse en Carolina del Sur, Estados Unidos– calificaba al rabino como un ser erudito, capaz de invocar tanto a los profetas como a Shakespeare y lo definía como una mezcla de los compositores estadounidenses Leonard Bernstein y George Gershwin.
Una de las hijas de Meyer, Dodi, también recuerda aquella noche que combinaba la angustia del fugitivo con la celebración por la supervivencia: "Amenazaron a los chicos de Cox, trataron de secuestrarlos y se salvaron por un pelo. Esa misma noche vinieron a casa e hicimos una gran fiesta para ellos, decoramos la casa con banderas de Estados Unidos y todo. Luego se fueron".


31.7.09

Um filósofo contra o monopólio da verdade


O filósofo argentino Dario Sztajnszrajber, professor do Seminário Rabínico de Buenos Aires, é o organizador do recém-lançado livro Posjudaismo 2 ( http://www.prometeolibros.com/), edição de uma série de encontros em que pensadores (inclusive o brasileiro Bernardo Sorj) analisam a realidade do judaísmo em seu país, expondo dilemas que não necessariamente levam a respostas imediatas.

O pós-judaísmo, diz Darío, é também um convite ao debate, às indagações: o que nos dizem os Dez Mandamentos aqui e agora, na Argentina (e no mundo) do século XXI? – é uma dessas indagações. Quem tem o poder de dizer quem é judeu? -- é outra. Subjacentes às perguntas estão o respeito à diversidade e a oposição à exclusividade do saber que certos grupos judaicos clamam ter.

Ainda que o livro não trate especialmente de antissemitismo, enviei ao filósofo uma pergunta sobre o assunto, em razão da manifestação violenta (com alguns feridos) contra o ato público da comunidade judaica e da Embaixada de Israel em homenagem às vítimas do atentado da AMIA (Associação Mutual Israelita Argentina), em Buenos Aires, que completou 15 anos em julho. Dario não pensa que o antissemitismo seja atualmente um risco maior na Argentina, pois a sociedade está atenta. O que existe lá, diz, são grupos minúsculos mas estridentes, de postura discriminatória, que transferem à comunidade judaica sua oposição à política do governo israelense e tendem a reiterar a eterna “incorreção” dos judeus.

Ademais, acrescenta, a atenção da mídia alenta a tendência a exigir dos judeus uma conduta exemplar. “Creio que o maior antissemitismo está colocado nessa exigência. A Israel se exige o que não se exige a nenhum outro país”.

Ma, afinal, em que lado do espectro ideológico estão esses grupos? (na manifestação violenta de julho, a maioria dos manifestantes parecia ser do Quebracho, grupo de programa bastante confuso mas idenficado com de extrema-esquerda por um tipo de discurso genérico anti-EUA, anti-Israel, pró-Chavez).

Diz Darío:

“A confusão ideológica, acredito, mostra a crise tanto do discurso das esquerdas como dos discursos das instituições judaicas centrais. A esquerda tornou-se uma denominação esvaziada de ideologia, pois alberga posturas que vão desde o fascismo até o trotsquismo, ou desde a defesa das minorias até o apoio a regimes teocráticos. A isso se soma a crise da prática política dos movimentos de esquerda, que não conseguiram ressignificar-se para que as lutas humanistas e contra as desigualdades tenham novas formas de chegar às pessoas.

Hoje, ser de esquerda deveria consistir numa luta militante contra todo tipo de discriminação, qualquer que seja o país. O grande setor excluído atualmente são os grandes movimentos de ilegais, cuja situação em qualquer sociedade emerge de um mundo socialmente injusto (...)

Mas a resposta das instituições judaicas centrais frente a isso é colocar toda a esquerda sob o mesmo teto e acusar “a” esquerda de ser judeofóbica. Acho que não é um erro, mas uma política, pois há muitas posições no interior da comunidade que legitimam um modelo excludente. O que deve ficar claro é que não há uma ideologia judaica única, monopólica, verdadeira, sobre nenhum tema!”



Atentado impune e outros apontamentos

Logo depois do atentado à AMIA, o presidente Carlos Menem manifestou seu pesar aos israelenses – que responderam que eles é que lhe deviam condolências, afinal os 85 mortos e 300 feridos eram em sua maioria argentinos... inclusive pedestres que naquela manhã de inverno (18 de julho de 1994) estavam perto do prédio de oito andares, no centro de Buenos Aires, derrubado por 300 quilos de explosivos.

O atentado – o mais letal contra uma comunidade judaica desde a Segunda Guerra – foi um choque não só para os judeus, apesar do alvo ter sido a sede de várias de suas instituições culturais e sociais, inclusive a entidade-mãe Delegação de Associações Israelitas Argentinas (DAIA), além de uma das maiores bibliotecas em hebraico da América Latina e uma das maiores do mundo com obras em ídish (parcialmente recuperadas dos escombros, nas semanas seguintes, por voluntários). A explosão ocorreu apenas dois anos depois que outra, também impune até hoje, deixou 22 mortos na embaixada de Israel em Buenos Aires.

Ambos os atentados foram desde então atribuídos por distintos governos argentinos a um inalcançável “terrorismo internacional” (regimes iraniano e/ou sírio, Hezbolá); as conexões locais continuaram a salvo, apesar dos protestos de familiares de vítimas e da mídia. Ainda que os ataques tivessem mais relações com a ação de máfias criminosas e disputas entre complexas redes de interesses internacionais do que com a persistência do antissemitismo, a comunidade judaica argentina ficou mais preocupada depois deles e passou a adotar extremas medidas de segurança em todas as suas instituições.

A explosão na embaixada, em 17 de março de 1992, ocorreu num horário em que toda a segurança se ausentara do local. Mas o então ministro do Interior José Luis Manzano apressou-se a informar que fora causada por um arsenal guardado dentro da própria representação diplomática, acrescentando que havia indícios da existência de um plano israelense para colonizar o sul do país. Ele não estava sendo original: para ficar num exemplo, em 1971 um conhecido professor de Direito denunciara o “Plan Andinia”, suposta conspiração judaica mundial para apoderar-se da...Patagônia!

O imaginário em torno da conspiração judaica e o antissemitismo na Argentina foram influenciados diretamente pelo nazismo e o fascismo europeus, e foram apoiados por grupos da direita católica. Organizações como a Liga Patriótica e a Aliança Libertadora Nacionalista e dezenas de publicações conclamavam à “resistência” contra os judeus, ora apontados como sugadores das riquezas nacionais ora como fomentadores do comunismo. O governo militar que assumiu o poder em 1943 restabeleceu a educação religiosa (católica) nas escolas públicas, pondo fim ao laicismo estabelecido em 1884. Em 1948, Evita acusou os antissemitas de serem “representantes nefastos da oligarquia”, mas o discurso nada significou na prática: Perón já abrira as portas, ao final da Segunda Guerra, a centenas de criminosos de guerra nazistas.

A partir da década de 1960, grupos como Tacuara e Guarda Restauradora Nacionalista atuaram livremente tanto nos períodos de democracia quanto na ditadura. Houve dezenas de ataques contra judeus nos anos seguintes. Uma jovem judia foi morta sob a “acusação” de ter ajudado o Mossad no sequestro de Adolf Eichman. Em agosto de 1960, membros da Tacuara atiraram num adolescente judeu. Um editorial do semanário Mundo Israelita queixou-se então: “A polícia nunca os encontra, nunca os pune. Sabe quem são, quem os comanda, onde estão. Eles não escondem suas intenções, mas ninguém os incomoda (...)”.

Se nos pequenos detalhes encontram-se sinais reveladores, um deles foi o fato de que nos anúncios fúnebres nos jornais argentinos, a estrela de Davi só pôde ser exibida depois de 1986, quando se revogou uma disposição oficial que a proibia.

Em 1998, quando um Congresso Neonazista reuniu-se no Colégio Lasalle, a comunidade judaica se reduzira a 300 mil pessoas, 80% delas na capital e arredores. Era uma fase de crise profunda e descrédito das instituições judaicas. Entre outros problemas, milhões de dólares de indenizações às famílias de vítimas da AMIA chegaram a sumir em meio às operações dos “bancos comunitários” (Patrícios, Mayo, Banco Israelita de Córdoba, Banco Israelita de Rosário), cuja quebra entre 1998 e 1999 levou o presidente da DAIA a processar por antissemitismo o presidente do Banco Central, Pedro Pou.

Àquela altura, 30% dos judeus de classe média tinham perdido renda e se tornado neo-pobres (conforme estudo sociodemográfico patrocinado pelo American Jewish Joint Distribution Commitee, publicado em 2005, citado por Ricardo Feierstein em Historia de los judíos argentinos, editora Galerna, 2006). Hoje, a situação econômica voltou a melhorar e muitos emigrantes que foram para Israel já voltaram ao país. Mas as feridas dos últimos anos estão longe de ter cicatrizado...

26.3.09

Livro argentino sobre Holocausto selecionado para Feira de Frankfurt


Los niños escondidos. Del Holocausto a Buenos Aires”, de Diana Wang (Editorial Marea), foi um dos quatro livros argentinos escolhidos para representar seu país na Feira do Livro de Frankfurt de 2010 (os outros autores são Alan Pauls, Liliana Bodoc e Fabián Casas).
O livro é a história do Holocausto vista pelo olhar de crianças que sobreviveram às suas famílias porque tiveram a sorte de ser escondidas durante a Segunda Guerra (fisicamente ou em suas identidades).

A obra está pensada como um guia didático: tem mapas, referências históricas, sociais, econômicas e políticas. Mas também tem muita emoção. Pois os 30 sobreviventes que deram seus depoimentos não tiveram uma vida fácil, ainda que no final quase todos tenham conseguido se estabilizar na Argentina.

Segundo Diana, é difícil calcular o número de judeus que entraram no país entre 1945 e 1950, pois muitos o fizeram de forma ilegal. Alguns optaram por ocultar sua identidade durante décadas, só a revelando a filhos ou netos recentemente, após a redemocratização do país. É que um fator adicional de sofrimento marcou os judeus argentinos, lembra a escritora: “o enorme poder da Igreja católica local, o terror e a repressão sofridos [pelos judeus] durante as ditaduras militares, especialmente a última, e os dois grandes atentados, à Embaixada de Israel em 1992 e à AMIA em 1994”.

A autora nasceu na Polônia em 1945 e chegou à Argentina em 1947. Psicóloga e escritora, é membro do comitê de assessores da International Federation of Jewish Child Survivors of the Holocaust e preside o Generaciones de la Shoá en Argentina.